miércoles, 24 de agosto de 2011

Comandante del gol


Livorno es un asentamiento fabril tirado contra las costas del Mediterráneo. Otrora tierra de pescadores, su ubicación geográfica en el noroeste italiano poco tiene que ver con su condición de cuna del comunismo y voz de protesta permanente al inconsciente régimen que parte a Italia en dos. En esa sucursal del sur, tierra prometida del marxismo, nació y se crió Cristiano Lucarelli, el goleador de los humildes.
Iniciado en las categorías más bajas del Calcio, el nombre de Lucarelli tomó notoriedad un tiempo antes de que Atalanta lo contratase como su fichaje estrella en el verano de 1997. En aquel entonces el juvenil delantero del Padova, que vestía la camiseta número nueve de selección italiana Sub-21 y que aun no había hecho su presentación en la Serie A, destrabó un partido durísimo contra Moldavia con un remate cruzado fortísimo, la especialidad de la casa. Acto seguido levantó su remera y dejó ver una imagen del Che Guevara como parte de su festejo; automáticamente los mismos dirigentes italianos que habían alabado su calidad exigieron su exclusión del equipo.
En Bérgamo no le fue bien. Las disputas con el técnico y las lesiones le jugaron una mala pasada a Cristiano que al tiempo, tras pasar sin pena ni gloria por el Valencia español, retornó a Italia para jugar en Lecce y Torino. En Turín redondeó una buena campaña y el poderoso de la ciudad posó sus ojos en él. Juventus le ofreció un contrato millonario y la posibilidad de recorrer Europa en primera clase, sin embargo Lucarelli rechazó la propuesta y aceptó jugar, contra todos los pronósticos, para el equipo de su ciudad, y de su vida, en el ascenso italiano.
Livorno marcó un quiebre en la carrera del delantero, que no sólo se comprometió con la causa futbolística sino que su pasión trascendió fronteras. Cuando no podía jugar por algún motivo no era raro verle enfundado en el granate livornés como una columna más entre los tifosi que se las ingeniaban para ingresar a la cancha con pancartas alusivas a la Revolución rusa y al temple anticapitalista de Iósif Stalin.
Con Lucarelli como figura el Livorno regresó a la Serie A después de cincuenta y cinco años e incluso llegó a disputar competiciones europeas. En cuatro años convirtió casi cien goles y regresó a la selección de la que había sido desterrado. En los Lazio-Livorno tuvo su propia Guerra Fría contra Paolo Di Canio, otro genio de la pelota, visceral y fascista. Se odiaron en secreto dedicándose apenas el sugestivo festejo de sus goles.
En 2007 se desvinculó del Livorno para jugar en el Shakhtar Donetsk. Se sintió comprometido con la causa de la reconstrucción del equipo creado por un movimiento minero ucraniano y a su partida, fiel a sus ideales, donó la mitad de su salario anual para potenciar un pequeño diario livornés que agobiado por el monopolio de Silvio Berlusconi estaba al borde de la quiebra.
El delantero que creció con la amenaza del trabajo esclavo reencarnada en la imagen de su padre, pescador y militante de izquierda que dejaba la piel en eternas jornadas laborales, y que soñaba con emular a Mao y Lenin en lugar de Paolo Rossi, cumplió el sueño de ver al club que lleva tatuado en su brazo izquierdo codeándose con los grandes. Actualmente sin mucho lugar en Napoli espera un llamado de Livorno, nuevamente en el ascenso, para volver a ser el abanderado de las ilusiones comunistas.

domingo, 14 de agosto de 2011

Wilshere, el heredero


La resignación de Wenger ante la salida de Fábregas al Barcelona tiene una explicación mucho más cerebral que los cuarenta millones de euros que recibirán los ingleses por la operación o los deseos del jugador de volver a la Ciudad Condal. Cesc era, hasta la temporada pasada, uno de los pilares fundamentales del Arsenal y el entrenador francés no quería desprenderse de él hasta encontrarle un sucesor de la altura de Jack Wilshere, la nueva perla de la cantera Gunner y el promisorio heredero del volante español.
Wilshere es, en apariencia, un jugador formado a imagen y semejanza de Fábregas a pesar de ser más ordenado y edificar el juego desde una posición más retrasada que lo obliga a ser combativo. Su claridad conceptual es admirable y la capacidad que tiene para depurar las jugadas en la transición defensa-ataque lo transforman en un futbolista polivalente con la facultad de adaptarse a cualquier posición del mediocampo. Con su visión de juego es capaz de controlar los tiempos del partido y ponerse al servicio de lo que cada jugada exige, recibiendo y tocando de primera sin bajar la cabeza.
El temperamento es otro de los puntos fuertes de Wilshere. Con apenas dieciséis años fue capitán de la reserva campeona y con menos de veinte ya debutó en la selección mayor. El día de su primer partido, frente al Sheffield United, el sensacionalista The Sun se sorprendió con su desempeño y decidió hacerle una entrevista en la que Jack confesó que ganaba apenas setenta y cinco libras a la semana y que todavía no se había afeitado nunca.
Wenger para no frenar su progresión lo mandó una temporada al Bolton. Wilshere la rompió y volvió al Arsenal, se ganó el puesto y no salió nunca más. Se consagró la temporada pasada, en el partido de ida de los octavos de final frente al Barcelona, su equipo dio vuelta el resultado y él fue el gran artífice de la remontada. Metió cinco asistencias de las cuales tres las dilapidó Van Persie.
El gran defecto de Wilshere, a pesar de ser jugador muy completo, de pases certeros y velocidad con o sin pelota, es depender demasiado de su pierna hábil. Si bien puede desempeñarse por ambas bandas rara vez resuelve una jugada con la derecha, generalmente se las arregla para quedar de perfil zurdo. Es una mancha a mejorar en un futbolista de su categoría.
Con las partidas de Fábregas y Nasri, Wilshere asoma como la gran esperanza del Arsenal. Deberá encontrar entre sus compañeros a los socios ideales para mover los hilos del equipo y transformar en realidad su futuro estelar.

viernes, 12 de agosto de 2011

Petrodolarización


“El boxeo es un trabajo, el fútbol un negocio”. La expresión era una constante entre los seguidores del pugilismo que en los setenta veían como la refundación del verdadero deporte nacional, de la mano de Menotti, arrasaba con la popularidad del box en Argentina. Habían pasado los tiempos de Locche, Monzón y Galíndez en el Luna Park de Lectoure; la moda era el Mundial ’78 y todo lo que éste movía desde la masificación y la explotación de la competencia.
Hoy la frase tendría un poco más de sentido y no se consideraría simplemente una queja revanchista. El fútbol dejó de lado al deporte, perdió la igualdad y el espíritu amateur que siempre escondió detrás de las ansias de profesionalismo. Ahora todo se compra, el City incluso a fuerza de inversiones millonarias se hace llamar Manchester, a secas. Los petrodólares hasta parecen darle identidad a los Citizens que por primera vez en su historia le pelean al United.
Los jeques que utilizan a los clubes para lavar dinero se convierten en un arma de doble filo. Llegan, invierten, maquillan sus números y se marchan sin más, abandonando el club a su suerte. El City todavía no sufrió el ajuste, aun vive tiempos de vacas gordas, pero no todos siguieron el mismo camino. Corinthians, sin ir más lejos, soñó con emular al Real Madrid galáctico y aprovechó la billetera de un empresario iraní para quedarse, por ejemplo, con los pases de Tévez y Mascherano. Los argentinos ganaron todo en Brasil y se fueron a Europa, como las demás figuras que con ellos habían arribado. El Timao fue victima del vaciamiento: en menos de un año estaba jugando en la Serie B por primera vez en su historia.
Las estrategias de los poderosos del petróleo para meterse en el mundo del fútbol son siempre las mismas. Generalmente todos ellos para abrir los mercados recurren a los jugadores anzuelo, la política del fútbol moderno que no nació ni en la aristocrática Europa ni en la subdesarrollada Sudamérica, sino en Estados Unidos, un terreno mucho más inhóspito para este deporte. El impulsor de la medida fue Steve Ross, el CEO de Warner, que mientras formaba el New York Cosmos a comienzos de los setenta sugirió traer a ese “tal Pelé” para que después llegasen Beckenbauer, Chinaglia, Carlos Alberto y compañía.
Hoy las más recientes sucursales del Cosmos son el Málaga y el PSG, que acaba de comprar en una millonada a Pastore para que sea el director de orquesta de un equipo hecho a nuevo. El ignoto Anzhi de Rusia, que ya tiene a Roberto Carlos, también quiso romper el chanchito, aunque tuvo menos suerte que los anteriores. Ni siquiera los veinte millones de euros por temporada convencieron a Eto’o de mudarse a un territorio en guerra que es reclamado por Chechenia.
De la volteada no se salvan ni siquiera aquellos equipos en apariencia más transparentes. El Arsenal del intangible Arsène Wenger le vendió el alma a la línea aérea Emirates, que con más de quinientos millones de inversión le construyó a los Gunners el nuevo estadio y se aseguró el patrocinio del mismo por los próximos veinte años. Barcelona, que nunca había lucrado con la publicidad en la camiseta, aceptó ciento cincuenta millones de euros de Qatar Foundation para romper la tradición.
Los petrodólares también tuvieron mucho que ver en la designación de Rusia y Qatar como sedes de los mundiales venideros. Las influencias y los acomodos dentro de la FIFA pudieron más que la cultura futbolística de países como Inglaterra y España, que también reclamaban la localía.
Al final quienes defendían el boxeo tenían razón. Los jeques maduran el nocaut. El fútbol es un negocio.

viernes, 5 de agosto de 2011

Pachorra nacional


Sabella lleva la pelota y Bielsa lo sigue de cerca. El primero se destacó como enganche mientras que el otro a duras penas fue un defensor mediocre. Como técnicos la historia fue distinta, el Loco ya era un entrenador de elite cuando Sabella, junto a Gallego, secundaba a Passarella en sus aventuras por el mundo. Al ex discípulo del Kaiser la posibilidad de sentarse en el banco le llegó de grande y desde entonces, su carrera no paró de crecer.
Debutó en Estudiantes a los cincuenta y cuatro años y en la primera temporada lo sacó campeón de la Copa Libertadores. Se ganó la posibilidad de jugar el Mundial de Clubes y en la final puso al Barcelona contra las cuerdas. Sólo el pecho de Messi pudo con el planteo magistral de Sabella. Le desarmaron el equipo y volvió a poner al Pincha en lo más alto en el Apertura 2010. Después las idas y vueltas lo eyectaron de La Plata y llegó Berizzo para confirmar que no eran los nombres los principales artífices.
El Sabella entrenador es un admirador de Bielsa. Metódico y trabajador, dedica gran parte de su vida al fútbol. Es meticuloso como el Loco y ferviente defensor del análisis del rival mediante el uso de videos. Se esfuerza como nadie para que sus equipos no dejen nada librado al azar, conserven el orden y demuestren en la cancha su superioridad. Su Estudiantes no humillaba pero lejos estaba de jugar mal. Hacía lo correcto y ganaba, además de exprimir como ningún otro conjunto las virtudes de sus jugadores, que reducían al mínimo sus posibilidades de equivocarse y seguían siempre lo que la jugada indicaba.
La posibilidad de dirigir a la selección le llega en su mejor momento. El hecho de haber arrancado tarde le ahorra el desgaste con el que carga cualquier otro técnico a su edad, además el presente de la AFA le quita responsabilidades. Cierto es que no sirve demasiado arreglar un departamento cuando el edificio se viene abajo, pero la llegada de Sabella invita a soñar al menos en un profesional capaz de exprimir aunque sea un poquito a una generación tocada por la varita que encima tiene a Messi como bonus track. Parece una expresión conformista pero la realidad es que encontrar un entrenador capacitado en el predio de Ezeiza hoy es toda una utopía.
Es imposible saber si Pachorra es el entrenador ideal. A esta altura es bastante complicado armar un estereotipo capaz de remontar el barrilete, sobre todo porque en el último tiempo fueron varios los pesos pesados, con pizarrones dispares, que no pudieron cargar con el muerto. Al menos es la opción más viable después de Bianchi que, dadas las circunstancias y los tiempos, difícilmente dirija a la selección algún día.
Sabella tampoco es un entrenador cargado de virtudes, a veces peca de falsa modestia y sus discursos son poco jugados. No es un técnico que vaya a patear el tablero desde lo institucional, aunque si puede hacerlo desde la concepción futbolística. También es cierto que si está ahí es porque el colectivo de la AFA no lo considera un revolucionario; ese es un factor clave para comprender su designación ya que si no fuese una condición sine qua non mañana presentarían a Bianchi en lugar del ex Estudiantes.
Su llegaba acercaría además a Batistuta, como nexo jugadores-dirigencia, y a Ayala como parte del cuerpo técnico. Las juveniles, haciéndole un favor al futuro deportivo del país, cambiarían de mano y uno de los candidatos para encabezar una de las tantas selecciones menores es Zubeldía, el ex entrenador de Lanús que se inició con Pekerman cuando tuvo que retirarse prematuramente por una grave lesión.
El entrenador que le debe su apodo a Araujo por su aspecto cansino a la hora de trasladar la pelota y que heredó de Bilardo el cariño por las cábalas, es el nuevo técnico de la selección argentina. Esperemos que este cambio no sea uno más de esos que no cambiaron nada.

lunes, 1 de agosto de 2011

La elegancia del hombre sencillo


La Castellane es un barrio marginal de las afueras de Marsella que se caracteriza por la actividad portuaria, la gran cantidad de inmigrantes árabes que adornan su paisaje y por haber formado en sus calles a uno de los futbolistas más grandes de todos de los tiempos. Su legado es humilde pero se enorgullece de Zinedine Zidane, el paradójico protagonista de una de las transferencias más caras de la historia del fútbol. Una gigantografía imponente que retrata la cara del ídolo popular en lo que se delata como la entrada del suburbio da cuenta de ello.
Zizou creció gambeteando pobreza. El barrio es cómplice en los sueños de grandeza de todos aquellos que hoy atraviesan lo mismo. Los muros son mudos testigos, como suele decirse. No es necesario haber estado ahí para darse cuenta; alcanza con escuchar los deseos de cada uno de los jóvenes que alimentan la esperanza de ser como Zidane algún día. Son miles y quizás ni siquiera uno de ellos pueda cumplir el objetivo. Es la triste contracara del fútbol, que al igual que el boxeo, se convierte muchas veces en el único medio de subsistencia.
Así la peleó Zidane mientras instruía una calidad maestra. No le gustaban mucho las pruebas pero aceptó la del Cannes. Se fue por una semana y se quedó seis años. Nadie entendía como había hecho Alain Pedretti, el presidente del club, para despegarlo de su familia. En su segunda temporada en Primera metió su gol bautismal y apareció en la casa de sus padres con el Renault Clio rojo que el dirigente le había prometido. Todo tuvo más sentido en ese momento.
El descenso del Cannes le abrió las puertas del mundo. Burdeos lo contrató y fue citado por primera vez a la selección francesa en 1994. Por una ocurrencia de Christophe Dugarry empezó a ser Zizou; Zinedine era incomodo para comunicarse dentro de la cancha y el delantero lo rebautizó. Con les Girondins ganó la Copa Intertoto y fue finalista de la UEFA dejando en el camino al Betis con un golazo desde la mitad de la cancha.
La Juventus lo elevó al fútbol de elite y aunque ganó todo desde su primera temporada en Italia, el hecho de haber derrotado al River de Enzo Francescoli en la Copa Intercontinental no le permitió festejar. El uruguayo era su ídolo y Zidane sabía que por su edad no volvería a tener la posibilidad de consagrarse campeón del mundo. Ni siquiera haberse convertido en uno de los mejores futbolistas del momento alteró sus principios.
En la Vecchia Signora pasó sus mejores años, los mismos que compartió con la selección. Fue el comandante de la gesta de Francia en el Mundial 98’. Zidane fue la gran figura de ese equipo y el autor de uno de los goles en la final frente a Brasil. Cerró el año siendo Balón de Oro y festejó 1999 como el mejor jugador del mundo según la FIFA. En el 2000 cerró el ciclo dorado de la selección francesa con el título en la Eurocopa. Su mito ya había superado a Michel Platini.
En el verano del 2001 Florentino Pérez lo fichó para iniciar la Era Galáctica. Un año después Zidane se recibió de mago por causa y circunstancia. Le alcanzaron unos pocos segundos para hacer aun más inmenso al Real Madrid. El gol en la final de la Champions en Glasgow frente al Lerverkusen es la muestra más acabada de su calidad. Es uno de los más bonitos de la historia, una obra digna de un genio. La coordinación de técnica, fuerza y colocación es majestuosa.
El Mundial del 2002 fue una completa decepción para Zizou. Entre lesiones apenas pudo disputar un partido y Francia se fue en primera ronda y sin convertir goles. Cuatro años después tuvo revancha; o casi. Anunció su retirada una vez finalizada la Copa del Mundo y el equipo se cimentó sobre él. “Vamos a retirar a Zidane”, tituló Marca en la previa de los octavos de final. Finalmente fue todo lo contrario y la selección francesa marcó el fin de la generación que antecedió a la etapa más exitosa de España en su historia. En cuartos contra Brasil jugó uno de los mejores partidos que se le recuerden y, tras dejar atrás a Portugal en semifinales, picó la pelota en el penal que abrió el resultado de la final ante Italia. Lo que sigue es conocido. Sin Zidane se terminó Francia, en ese partido y en todos los que le siguieron hasta la fecha.
Cumplió su palabra y no volvió a jugar al fútbol. Ni los millones que le ofreció el Real Madrid para renovar su contrato ni el glamour de la incipiente Liga estadounidense lo sedujeron para rever su decisión y darle un final más decoroso a una trayectoria impecable. Zidane pertenece, como jugador y como persona, a la casta de los elegidos.