
“La Copa América de Argentina es el fiel reflejo de un país del tercer mundo”, escribió hace unos días el periodista José Mastandrea en el diario El País, de su Uruguay natal. La columna despotrica contra los accesos a los estadios, la conexión de Internet, la poca distinción a la prensa y la falta de seguridad. Tampoco se olvida del problema con las monedas y el transporte. Carga contra la baja disponibilidad de entradas para el público y el abuso de la reventa.
En lo estrictamente futbolístico el nivel de juego durante toda la Copa América también fue “tercermundista”. Como ejemplo bastan los casos de Brasil y Argentina, los principales candidatos por decreto, que no estuvieron a la altura de las circunstancias. Se acordaron tarde de sus favoritismos y la mala suerte o la falta de estabilidad, según el caso, les pasó factura en los cuartos de final.
Chile y Paraguay, las selecciones de mayor progresión en los últimos años, siguieron caminos distintos. Los trasandinos fueron seguramente los de mejor nivel, pero volvieron a sufrir el eterno problema de los equipos de Borghi: Venezuela los dejó afuera con dos goles de pelota parada. Paraguay fue más práctico y la suerte lo acompañó, llegó a la final sin ganar un sólo partido y dejando en el camino a Brasil y Venezuela en sendas definiciones por penales.
Una de las gratas sorpresas que tuvo esta Copa América fue justamente el rendimiento de la Vinotinto, que no deslumbra ni muchísimo menos pero es conciente de sus defectos y exprime sus virtudes. Juega a lo que sabe, con esquemas simples y ordenados. Aprovecha la pelota parada y es fuerte en defensa. Estuvo a punto de llegar a la final pero la fortuna de Paraguay fue a toda prueba. Le dieron la oportunidad a un técnico joven que había trabajado en la selección durante la estadía de Pastoriza y más allá de algunas declaraciones desafortunadas superó las expectativas. César Farías es uno de los entrenadores más capaces que presentó en sociedad la copa. La rompió en el Táchira, formó la base de la mayor dirigiendo el Sub 20 y demostró suficiencia cuando las circunstancias lo exigieron.
Perú fue el revulsivo de la copa. Llegó en la línea de Bolivia y Costa Rica y rompió el molde. Debutó contra el campeón y clasificó con lo justo para dar la sorpresa en cuartos. Eliminó a Colombia, de excelente primera ronda, y tras perder con Uruguay goleó a Venezuela por el tercer puesto consagrando a Paolo Guerrero goleador del certamen. Sergio Markarián tuvo mucho que ver en el cambio de mentalidad del fútbol peruano y si bien es cierto que el nivel exhibido no es parámetro, la buena actuación en la Copa América es un estímulo más que válido para iniciar un proyecto de reconstrucción a largo plazo como hicieron Paraguay, Chile o Ecuador en su momento.
El campeón fue Uruguay. El mejor equipo sin dudas. No lució, como nunca lo hizo en su rica historia y como ninguno en la copa, pero fue oportunista, eficaz y sobre todo jerárquico. Clasificó sobrado y dejó en el camino, por penales, al anfitrión incluso siendo inferior en el tiempo reglamentario. Tuvo una columna vertebral fantástica y estrellas que acompañaron como obreros y pusieron al servicio del equipo actitud y capacidad. Muslera, Lugano, Arévalo Ríos y Suárez, acompañados por Coates, Pérez y Forlán edificaron un triunfo merecidísimo para alegría de Mastandrea y todo el pueblo uruguayo. La Celeste se comió a Paraguay en la final y se quedó con la copa tercermundista.






