Livorno es un asentamiento fabril tirado contra las costas del Mediterráneo. Otrora tierra de pescadores, su ubicación geográfica en el noroeste italiano poco tiene que ver con su condición de cuna del comunismo y voz de protesta permanente al inconsciente régimen que parte a Italia en dos. En esa sucursal del sur, tierra prometida del marxismo, nació y se crió Cristiano Lucarelli, el goleador de los humildes.
Iniciado en las categorías más bajas del Calcio, el nombre de Lucarelli tomó notoriedad un tiempo antes de que Atalanta lo contratase como su fichaje estrella en el verano de 1997. En aquel entonces el juvenil delantero del Padova, que vestía la camiseta número nueve de selección italiana Sub-21 y que aun no había hecho su presentación en la Serie A, destrabó un partido durísimo contra Moldavia con un remate cruzado fortísimo, la especialidad de la casa. Acto seguido levantó su remera y dejó ver una imagen del Che Guevara como parte de su festejo; automáticamente los mismos dirigentes italianos que habían alabado su calidad exigieron su exclusión del equipo.
En Bérgamo no le fue bien. Las disputas con el técnico y las lesiones le jugaron una mala pasada a Cristiano que al tiempo, tras pasar sin pena ni gloria por el Valencia español, retornó a Italia para jugar en Lecce y Torino. En Turín redondeó una buena campaña y el poderoso de la ciudad posó sus ojos en él. Juventus le ofreció un contrato millonario y la posibilidad de recorrer Europa en primera clase, sin embargo Lucarelli rechazó la propuesta y aceptó jugar, contra todos los pronósticos, para el equipo de su ciudad, y de su vida, en el ascenso italiano.
Livorno marcó un quiebre en la carrera del delantero, que no sólo se comprometió con la causa futbolística sino que su pasión trascendió fronteras. Cuando no podía jugar por algún motivo no era raro verle enfundado en el granate livornés como una columna más entre los tifosi que se las ingeniaban para ingresar a la cancha con pancartas alusivas a la Revolución rusa y al temple anticapitalista de Iósif Stalin.
Con Lucarelli como figura el Livorno regresó a la Serie A después de cincuenta y cinco años e incluso llegó a disputar competiciones europeas. En cuatro años convirtió casi cien goles y regresó a la selección de la que había sido desterrado. En los Lazio-Livorno tuvo su propia Guerra Fría contra Paolo Di Canio, otro genio de la pelota, visceral y fascista. Se odiaron en secreto dedicándose apenas el sugestivo festejo de sus goles.
En 2007 se desvinculó del Livorno para jugar en el Shakhtar Donetsk. Se sintió comprometido con la causa de la reconstrucción del equipo creado por un movimiento minero ucraniano y a su partida, fiel a sus ideales, donó la mitad de su salario anual para potenciar un pequeño diario livornés que agobiado por el monopolio de Silvio Berlusconi estaba al borde de la quiebra.
El delantero que creció con la amenaza del trabajo esclavo reencarnada en la imagen de su padre, pescador y militante de izquierda que dejaba la piel en eternas jornadas laborales, y que soñaba con emular a Mao y Lenin en lugar de Paolo Rossi, cumplió el sueño de ver al club que lleva tatuado en su brazo izquierdo codeándose con los grandes. Actualmente sin mucho lugar en Napoli espera un llamado de Livorno, nuevamente en el ascenso, para volver a ser el abanderado de las ilusiones comunistas.



