martes 27 de septiembre de 2011

Paso a paso


Belgrano no tiene que dejar que las circunstancias lo condicionen, su presente es sensible de un análisis muchísimo más profundo del que invita a realizar la simpleza de una traicionera tabla de posiciones. El Pirata juega otro torneo, más reducido e infinitamente más cruel a la hora de las cuentas finales. Los promedios, para los equipos recién ascendidos, convierten cada fecha en una ruleta rusa en la que es muy fácil equivocarse; ahí es donde debe prevalecer la fortaleza del objetivo inicial para darle valor al discurso armado del “partido a partido”.
La capacidad de Ricardo Zielinski para lograr abstraer al equipo de su entorno es una de las claves para entender el regreso a Primera. El Ruso agarró a Belgrano casi último y con el milagro consumado de haberse quedado con uno de los puestos de la promoción, decretó el descenso de River en el Monumental. Ahora este revoltoso Belgrano de cabeza fría y corazón caliente no debe confundir los objetivos. La meta es llegar a los cincuenta puntos, el resto es yapa.
Teniendo en cuenta la desprolijidad del torneo, el objetivo a la fecha se vislumbra alcanzable. Belgrano colectivamente (junto a Boca y Rafaela) es uno de los mejores equipos del campeonato, además de ser uno de los pocos que suele salir airoso a la hora de mantener el resultado y apostar al contragolpe. Con Franco Vázquez como bonus track al momento de la creación y pilar del aguante cuando hay que tener la pelota, Belgrano sobrevive a lo Belgrano e intenta no volver a tropezar en su enésimo intento de consolidarse en Primera.
Con el club saneado institucionalmente, esta parece ser la vencida. El hincha de Belgrano, curtido, ya no tiene nada que envidiarle a Godoy Cruz, All Boys, Tigre u Olimpo cuando prende el televisor y los ve jugando en Primera. Costó pero tocar fondo valió la pena. Hoy la mitad de Córdoba cree en los milagros encandilada por ese Celeste esperanza que busca eternizarse entre los grandes. Si, como hasta ahora, sigue sumando sin confundirse de camino, sin dudas lo logrará. Paso a paso.

sábado 17 de septiembre de 2011

El Barça de Menotti


“El artista que se roba un tiempo lo tiene que devolver. En un equipo sucede lo mismo, es una sinfónica que debe sostener el ritmo”. César Luis Menotti insiste permanentemente en comparar al fútbol con la música. Confía en los futbolistas más culturales que físicos y habla de grandes escenarios, convirtiendo al Camp Nou en uno de ellos. Durante su paso como entrenador por Barcelona convirtió a su equipo en una de las piedras filosofales para la construcción de este presente perfecto que viven los catalanes.
Menotti llegó a Cataluña en 1983 tras provocar una revolución en el fútbol argentino. En aquel entonces el Barcelona era un gigante que respetaba la escuela implantada por Rinus Michels en la segunda mitad de la década del setenta pero que no traducía su predominio en títulos. Así, con el peso de las frustraciones acumuladas, el barcelonismo le dio salida al alemán Udo Lattek en busca de un técnico más acorde a su disciplina; automáticamente el sueño de contar con Menotti se hizo realidad.
El primer entrenamiento le alcanzó para delinear el once titular que afrontaría toda la temporada y simplificó su fútbol en cuatro conceptos básicos: defender, recuperar, gestar y definir. A partir de ese momento nació un equipo desordenadamente ordenado sin posiciones fijas que practicaba el fuera de juego con el zaguero como referencia casi en la mitad de la cancha y avanzaba, con Maradona y Schuster como pilares, por intermedio de paredes y su versión superadora, la triangulación, para habilitar el pique al vacío de Marcos, que aprovechaba su velocidad destructiva para romper líneas contrarias.
El Barça de Menotti encontró su antítesis en Athletic Club de Bilbao, el conjunto de Javier Clemente que exprimía al máximo el juego al límite del reglamento. Los bilbaínos y Goikoetxea, defensa albirrojo, fueron un verdadero karma para los catalanes que se quedaron sin Schuster y Maradona, lesionados de gravedad, para luchar por la Liga que quedó en manos de los vascos.
Barcelona tuvo mejor suerte en la Copa del Rey y, al igual que en la final de la Copa de la Liga, derrotó en el partido decisivo al Real Madrid con un gol de Marcos sobre los noventa que Schuster festejó haciendo un corte de mangas a la facción merengue. La siguiente temporada el equipo decayó en su nivel y sólo consiguió vengarse del Athletic al derrotarlo en la final de la Supercopa española.
Menotti, desgastado por problemas personales, abandonó la disciplina barcelonista en 1984. Su trabajo fue fundamental en el armado del equipo que un año después se consagró en la Liga con Terry Venables en el banco. En su momento el argentino encontró en Cataluña el lugar perfecto para expresarse y realizarse como entrenador; con su personalidad fue capaz de domar al impaciente público culé que silbaba a sus futbolistas cuando tocaban hacia atrás para salir desde el fondo con pelota dominada. Es el eslabón perdido a la hora de reconocer los cimientos que hicieron del Barcelona de Guardiola uno de los mejores de la historia. Sin duda sus jugadores fueron artistas y su equipo, una sinfónica. 

lunes 12 de septiembre de 2011

El falso nueve


La volatilidad de los sistemas de juego que con el tiempo fue inventando posiciones y semiposiciones (stopper, extremo, doble cinco) según exigían los huecos provocados por los cambios estructurales, influyó también en los manuales de los puestos vertebrales de todo equipo. Así, entre tantos, del central surgió el líbero, el tradicional enganche se retrasó para dar lugar al talentoso volante de creación y el centrodelantero mutó en un “nueve mentiroso”, siendo este quizás el paradigma del ariete moderno. 
De Di Stéfano a Messi el cambio fue progresivo. Don Alfredo fue seguramente el primer centrodelantero que se animó a salir del área para contribuir en la elaboración desde la mitad de la cancha; además tenía la cuota necesaria de astucia e inteligencia para pararse entre los centrales sin quedarse enganchado. Su talento era tal que quienes lo vieron jugar lo consideran el único que sería capaz de trascender en el tiempo para triunfar en el presente. Puskas fue otro de los pioneros en la modalidad pero sin embargo el verdadero punto de equilibrio entre el reinado de los argentinos lo marcó Johan Cruyff. 
El holandés era el jugador que en su selección se tiraba atrás para distribuir mejor la pelota, manejar los tiempos y abrir la defensa. Generaba sorpresa con su velocidad y sacaba al rival del fondo. Después del Mundial de Alemania Rinus Michels se lo llevó a Barcelona y los catalanes adoptaron el estilo para siempre. Messi es actualmente el heredero de Cruyff y colabora a diario en la destrucción de la máxima futbolera que identifica al centrodelantero con un estático muñeco corpulento, pescador y de certero cabezazo. 
 El juego del Barcelona, volviéndolo a tomar como ejemplo, es además el alcahuete perfecto de los sectores de la cancha que debe transitar el “nueve mentiroso”. Todo se gesta en la mitad del terreno con Xavi e Iniesta (ahora también Cesc) y es ahí donde interviene Messi en el circuito, atento siempre a las triangulaciones que exige la jugada y a las diagonales de Pedro, Villa o Alexis Sánchez para meter la puñalada al vacío y dejar a los extremos cara a cara con el arquero; todo y siempre cuando no avance como en un entrenamiento amontonando los conitos que le salen al cruce. 
 La ventaja del esquema que apuesta al “falso nueve” en detrimento de una referencia fija en el área reside en lograr que la posición pueda ser ocupada, según la jugada lo decrete, por diferentes jugadores para alimentar las dudas de la defensa y favorecer los desmarques. En el Milan de Sacchi alternaban Van Basten, Laudrup y Ruud Gullit. En Ajax Seedorf, Litmanen y Kluivert. En el equipo de Guardiola además de Messi aparecen Villa, Iniesta, Pedro e incluso Cesc.

domingo 4 de septiembre de 2011

El mito del eterno retorno


Arsenal es un club acomplejado. Por concepción propia y ajena es un grande entre gigantes. Es esa institución que, por políticamente correcta, termina mostrándose inocente. Hace años que espera su año moldeando jugadores y dejándolos escapar obligatoriamente por la falta de esos incentivos (económicos, futbolísticos) que los depredadores de otras ligas acercan a los ambiciosos ojos de los futbolistas ya formados.
Posiblemente los cazadores de talentos del Arsenal sean los mejores del mundo. Hay una diferencia muy grande entre el desarrollo de jugadores y la búsqueda de los mismos. Barcelona, por ejemplo, les instaura su fútbol a los juveniles; desde chicos los crea a su medida. Los Gunners por su parte confían en la capacidad de sus ojeadores que recorren las ligas del mundo, incluso las más inhóspitas, recolectando a los más destacados de cada equipo juvenil. Así llegó en su momento Cesc Fábregas como también lo hizo tiempo después el arquero argentino Damián Martínez y los ghaneses, suizos, españoles e irlandeses que hoy forman parte del equipo de reservas.
Sin embargo la contratación de juveniles madurados en otra escuela no es todo lo positivo que parece. A pesar de que Arsenal los encuentra a tiempo para formar, en cada categoría, un equipo apto para adaptarse a las exigencias de la Premier League, no logra que sus canteranos se identifiquen con el club como si lo hacen Barcelona por su influencia en la formación o Real Madrid por el peso específico de su historia.
En cada mercado de pases los futbolistas del Arsenal se vuelven obsesión para los gigantes de Europa que saben que, en caso de cerrar la transferencia, se quedan con un jugador probado por un técnico de exquisita concepción futbolística en uno de los equipos más tradicionales de Inglaterra. Se ahorran un paso fundamental en la adaptación a las presiones y costumbres de una institución de categoría y el margen de error es ínfimo para los poderosos que se llevan a los Nasri, Fábregas, Clichy y un eterno etcétera que en su momento le ofreció a Wenger alto rendimiento pero nunca fidelidad perpetua.
En estas circunstancias el círculo vicioso del Arsenal se torna cada vez más estrecho e invita a un repaso del modelo. ¿Cuáles son los réditos de un club que no hace más que vender garantías a sus compradores? ¿Hasta cuando podrá seguir formando equipos desde su base? El caso de Cesc es quizás el más paradigmático pero en el balance apenas uno más. Guardiola le ganó por cansancio a Wenger que entendió que la situación era insostenible: el jugador quería irse y Barcelona insistía, como en los últimos tres o cuatro mercados. Si el francés no se rendía la batalla dentro de un semestre sería la misma. Así cada oferta que reciben sus dirigidos es un dolor de cabeza para el entrenador.
Los millones que quedaron en tesorería por las ventas veraniegas ni siquiera hicieron caja. Con un equipo desmantelado, que a la postre se comió contra Manchester United una de las peores goleadas en la historia del club, los dirigentes tuvieron que salir de compras. Sobre el cierre del mercado el plantel tomó color pero el poderío Gunner sigue estando lejos del de sus rivales directos. Arteta, Benayoun, André Santos y Gervinho difícilmente puedan dar el golpe en una liga dominada principalmente por los frentes de Manchester.
Wenger por enésima vez se pone al frente de un desafío constante: el de empezar desde los cimientos. El francés que cambió la historia del club no quiere volver al “Boring, boring Arsenal” de los ochenta que ganaba pero no gustaba aunque a su vez necesite motivaciones suficientes para retener a sus figuras y competir en un mercado voraz. A los Gunners siempre les falta una parte. Es el mito del eterno retorno.