jueves 2 de febrero de 2012

La Premier League como terapia alternativa


La Liga inglesa es el término medio para el seguidor del fútbol europeo que se empacha con la aplastante voracidad de los colosos españoles y el desprecio por el juego del Calcio. En las islas la esencia es distinta, aunque no por ello menos atractiva. Sin superpotencias que se tornan inalcanzables ni cipayos futbolísticos resucitados como Juventus, la Premier League es la mixtura perfecta entre la vorágine característica del estilo británico y el buen trato de pelota que ponen a disposición los jeques a través de sus figuras millonarias. Entre golazos y equipos de renombre, una de las principales ligas del mundo ofrece espectáculo y una paridad absoluta.
Si bien actualmente la lucha por el campeonato no responde a patrones históricos, bien vale seguir de cerca la disputa entre los representantes de Manchester. El mítico United de Alex Ferguson pelea contra el tiempo y busca afianzar a la generación de De Gea, Chicharrito Hernández, Smalling y Jones mientras libera una batalla sin cuartel ante los millones del City. El equipo dirigido por Roberto Mancini pareció no verse afectado por la conflictiva situación de Tévez, el último goleador de la Premier, y disfruta de los tantos de Dzeko, la calidad de Agüero y el toque de distinción del español Silva. El campamento está apuntalado en Joe Hart, el mejor arquero inglés del momento y gran responsable en la campaña de los Citizens que igualan en lo más alto de la tabla con sus archirrivales.
A cinco puntos, en el tercer puesto, se ubica el eterno postergado de Arsenal, Tottenham. Los Spurs son, quizás, el mejor conjunto de la Premier en cuanto a nivel de juego. Con la promesa-realidad Gareth Bale como faro aspiran a la regularidad que tanto les cuesta encontrar por las intermitencias de Modric y Van der Vaart, los gestores de lo mejor y de lo peor del equipo. Tal vez no sea éste el año para dar el salto, pero sí al menos para sacar la cabeza por la ciudad que se vio históricamente representada por los Gunners.
En cuanto a los colosos sorprende la realidad de Chelsea y Arsenal que, acostumbrados a ocupar los puestos cumbres, en la presente temporada no pasan de ser gigantes dormidos. Los de Vilas Boas empezaron de mala manera y enderezaron el rumbo en las últimas fechas hasta meterse en puestos de Champions. Los Gunners en cambio, si bien arrancaron torcidos y lograron remontar, volvieron al ostracismo y se acercan apenas a los puestos de Europa League, suerte similar a la que corre Liverpool. Un dato que puede reanimar a los seguidores londinenses es el regreso de Thierry Henry, el goleador convertido en semidiós que vuelve a Inglaterra tras sus pasos por Barcelona y New York Red Bulls. A favor, tanto de Chelsea como de Arsenal, hay que decir que son los únicos conjuntos británicos que continúan con vida en la Champions League.
El resto de la clasificación tampoco ofrece respiro. Newcastle, Sunderland y Stoke City suelen ser propuestas atractivas para el espectador que busca dinámica de lo impensado y buen juego más allá de protagonistas estelares. La Premier League se convirtió en una suerte de terapia alternativa; en la mejor del mundo en el balance general. No será la primera en nada pero si la segunda en todo, además de ser la única que en la fiebre globalizadora del fútbol europeo puede garantizar espectáculo y sorpresa en partes iguales. 

domingo 8 de enero de 2012

Del Sudamericano de Lima al desastre de Suecia: Una tragedia evitable


Corbatta, Maschio, Angelillo, Sívori y Cruz. La selección argentina campeona del Sudamericano de Lima en 1957 siempre será recordada por la frescura de su delantera; un quinteto implacable que constituía la mixtura perfecta entre la desfachatez de la juventud y un dejo de nostalgia por el depurado juego autóctono, el de “la nuestra” que trascendió a las huelgas que desmantelaron el fútbol argentino y se instaló en los genes de esos iluminados que se ganaron el apodo de “Los Carasucias”. El equipo que avanzó a paso firme y se consagró al golear a Brasil además de su poderío ofensivo se apuntalaba en la solidez del arquero Rogelio Domínguez, la seguridad de Vairo y Dellacha en defensa y la majestuosidad de Néstor Rossi, el capitán e iniciador de las acciones desde la mitad de la cancha.
Para muchos ese conjunto fue uno de los mejores de la historia. Dirigido por Guillermo Stábile tenía todo para trascender las fronteras de un mero Sudamericano y ser el firme animador del Mundial de Suecia 1958. La notoriedad que tomó la actuación argentina fue tal que el entrenador brasileño se comunicó con su par criollo para tomar nota de los métodos de trabajo que llevaron a “Los Carasucias” a alcanzar la perfección. Brasil, que por aquellos años aun no conocía a Pelé, buscaba inspirarse en los campeones de Lima para forjar su verdadera identidad.
El Sudamericano de 1957 fue el trampolín al éxito para las figuras argentinas y, paradójicamente, el aborto de un promisorio proyecto nacional. Las partidas de Sívori a Juventus, Maschio a Bologna y Angelillo a Inter desarticularon el poderío del equipo que residía en gran parte en esos tres jugadores. Las ambiciones del brazo mercantil que ya afectaba al fútbol y las presiones políticas para promover a los futbolistas locales a través de la selección dejaron de lado a los argentinos que se destacaban en el Calcio.
Por aquellos años el antiperonismo impuesto en el país por el gobierno militar de turno desechaba todo lo que tuviese que ver con la industria local y el ser nacional y buscaba imponer costumbres europeas. Una de las formas que eligió el poder para impulsar el cambio fue adoptar ideas liberales y modernizar los métodos de procedimiento en todas las áreas. El fútbol no fue la excepción a la regla y de repente se necesitaron de urgencia médicos, masajistas, psicólogos y preparadores físicos para completar los cuerpos técnicos “obsoletos”. Mientras Argentina seguía soportando la fuga de cerebros compraba los libros de los mismos que, por su imposibilidad de formar estrellas con sus recetas, venían a buscar las figuras criollas. El plan estaba condenado al fracaso.
Ya en 1958 y con el Mundial de Suecia en el horizonte, Argentina completó las eliminatorias con relativa tranquilidad. Finalizó primero en su grupo aunque demostró un nivel sensiblemente inferior al del Sudamericano del año anterior ante rivales de poco fuste como Bolivia y Chile. Con Stábile, que llevaba casi dos décadas en el cargo, desgastado por la crítica y un equipo compuesto en su mayoría por jugadores de edad avanzada, la selección argentina emprendió el camino hacia la consecución del desteñido objetivo de volver al país como campeona del mundo.
El rumbo en el Grupo 1 arrancó torcido para el conjunto nacional: pálida actuación e inobjetable derrota por 3 a 1 ante los alemanes, vigentes campeones. Sin embargo en la segunda fecha Argentina enfrió las críticas y alimentó la ilusión al derrotar a Irlanda del Norte también por 3 a 1. Con una victoria y una caída en su haber, la selección estaba obligada a superar a Checoslovaquia si quería asegurarse un lugar en la siguiente ronda. El partido que a priori se presentaba accesible acabó por marcar un quiebre en el fútbol argentino: el 6 a 1 que los checoslovacos imprimieron a los argentinos se convirtió en el paradigma de una etapa superada y el comienzo de un mito que es conocido como el “Desastre de Suecia”.
Las críticas del periodismo no se hicieron esperar y muchas de ellas se formaron en su propia contradicción. Néstor Rossi, que había sido apuntado en la previa como el jugador idóneo para marcar los tiempos del equipo, de repente era demasiado lento. Labruna, exigido por su experiencia, muy viejo. El sorpresivo Eliseo Prado previsible para un fútbol europeo “adelantado”. Amadeo Carrizo no estaba a la altura. Varacka era mufa. La lista no dejaba exento a nada ni nadie. Todo era fulminado por la opinión pública.
El Mundial de Suecia dio lugar en el ámbito doméstico a otra clase de fútbol. Las teorías se dividieron y el resultadismo ganó lugar. El fin comenzó a justificar los medios y grandes equipos se formaron en torno al éxito que no necesariamente iba de la mano del buen juego. Así nacieron los campeones edificados por los Zubeldía, Geronazzo, Lorenzo y Griguol. La selección argentina, hasta el arribo de Menotti, inició un largo periodo de acefalía en el que no superaba su idea de formarse según los libros europeos, los mismos que Pelé, Vavá, Zagallo, Garrincha, Didí y Nilton Santos se encargaron de destruir en 1958 siguiendo el consejo que Stábile le había proporcionado a Vicente Feola: “El éxito de ‘Los Carasucias’ de Lima radica en el respeto que tienen por la identidad que el fútbol argentino se ganó a través de los años”.

martes 3 de enero de 2012

El primer barra brava asesino


Los conventillos porteños fueron durante los primeros años del mil novecientos  el pasaje obligado de los inmigrantes que llegaban a la Argentina. Entre el hacinamiento de ese micromundo marginal y los colores de Boca creció José Stella, un hijo de italianos que rápidamente se hizo conocido en la cancha del Xeneize por ubicarse, partido tras partido, detrás del arco de Américo Tesoriere.
El arquero, que por esos años era una de las figuras del club y uno de los promotores del profesionalismo desde el amateurismo marrón, se familiarizó con el joven y le ofreció ser la mascota del equipo. A partir de entonces cada vez que Boca salía a la cancha, Stella acompañaba a los jugadores en la foto inicial. La tendencia se reprodujo hasta que el hijo de inmigrantes fue lo suficientemente grande como para ganarse el apodo de Pepino El Camorrista.
Quien fuese la mascota del club con el tiempo se convirtió en lo que hoy sería conocido como un barra brava. Viajaba junto con el equipo a costa de los jugadores, comandaba un grupo de choque y tenía acceso a la intimidad del vestuario. La amistad que unía a Tesoriere con Stella era una de las claves para entender los privilegios de éste último. De hecho, tal era la relación, que el arquero, habitué en la selección argentina, le consiguió un lugar en el barco que transportó al equipo nacional al Sudamericano de Uruguay en 1924.
En dicho torneo, predecesor de la actual Copa América, Argentina fue subcampeona detrás de los locales. Pese a la frustración por no haber alcanzado el campeonato al margen de que Tesoriere mantuviese el arco invicto (se disputó mediante sistema de todos contra todos a una rueda, sin eliminación directa), los hinchas argentinos se acercaron hasta el hotel Colón, donde estaban hospedados los jugadores argentinos, para celebrar el segundo puesto. El festejo tenía sentido, Uruguay era campeón olímpico y el gran dominador del fútbol sudamericano y mundial.
Los futbolistas criollos, agradecidos por el gesto, se asomaron al balcón del hotel para saludar a los seguidores hasta que un hincha uruguayo borracho los insultó despertando la ira de los argentinos, que comenzaron a golpearlo con violencia. Desde un bar ubicado enfrente del hospedaje salió un grupo de jóvenes en defensa del atacado entre los que estaba Pedro Demby, un bancario oriental de 26 años que además se destacaba en el remo por su contextura física.
Al parecer Demby volteó un par de hinchas argentinos, al punto tal que los jugadores decidieron bajar a defender a sus compatriotas. Las crónicas de la época narran que varios de ellos bajaron armados e incluso destacan la voracidad con la que Segundo Médici, central boquense, se deshizo de sus contrincantes. Lo cierto es que entre el alboroto Demby fue en búsqueda de quien había comenzado la trifulca golpeando al borracho y que sin mediar palabra lo ultimó de un disparo en el cuello. El autor del crimen era, aparentemente, Pepino El Camorrista.
A partir de entonces la historia se divide, alterando incluso el nombre del protagonista. La más fuerte de las versiones indica que Cesáreo Onzari, delantero argentino y una de las primeras glorias del fútbol argentino, conocía al agresor y lo ayudó a escapar de la multitud. Acto seguido el asesino tomó el vapor de la carrera Artigas, que extrañamente y sin ninguna razón zarpó una hora antes de lo estipulado, y regresó al país antes que los jugadores. Dante Panzeri indica en su libro “Burguesía y gangsterismo en el deporte” que el culpable pudo evitar ir a la cárcel gracias al inocente testimonio de un policía que dijo haberlo visto en La Boca al momento de los hechos, cuando en realidad cruzó a su supuesto hermano mellizo. Panzeri, de todas formas, confunde el apodo de Stella y sin citar su verdadero nombre se limita a llamarlo Pepito.
Con el tiempo la Justicia uruguaya inició la investigación y llegó hasta el hipotético agresor gracias a un sombrero que éste olvidó frente al hotel. La etiqueta del objeto remitía a un local de La Boca: Casa Grande & Marelli. Más tarde la historia se embarró y se culpó a un tal José Lázaro Rodríguez, que también hincha de Boca era apodado Petiso. El asunto se enmaraña cuando de Rodríguez y Stella se termina haciendo un mismo personaje. Nunca quedó demasiado claro quién fue el autor material y si verdaderamente, como trascendió, éste pasó cerca de un año y medio en la cárcel de Devoto. La única certeza es que la Justicia argentina no aceptó deportarlo.
El diario La Nación señaló que los hechos ocurridos el 2 de noviembre de 1924 no debían tomarse como un suceso aislado ya que podían marcar el futuro de las prácticas deportivas. Lo único cierto es que el crimen de Demby, el primero del que se tiene registro por éstos lares, quedó tan impune como los más de doscientos que le sucedieron.

martes 27 de diciembre de 2011

Pan y fútbol, el show debe continuar


De la Rúa, corralito y Racing campeón son sinónimos en el recuerdo del trágico diciembre del 2001. Mientras el país se desangraba por la crisis que había comenzado con la recesión de 1997, la Academia llegaba después de mucho tiempo a la definición de un torneo con chances de campeonar. Entre cacerolazos, muertes y saqueos, los hinchas racinguistas, muchos de ellos afectados también por la realidad económica, convocaron un banderazo masivo frente a la sede de Futbolistas Argentinos Agremiados que obligó a la AFA a autorizar la realización de los partidos de Racing y River que, al igual que el resto de los encuentros de la última fecha, habían sido reprogramados para febrero de 2002.
En aquel entonces Racing aguardaba con ansiosa expectativa el desenlace del torneo. En la anteúltima jornada del Apertura 2001 ya se había sentido campeón contra Lanús, aunque debió postergar el festejo ya que dependía del resultado de River, su más inmediato perseguidor, que terminó derrotando a Argentinos. Al mismo tiempo De la Rúa se inmolaba declarando el estado de sitio y el país salía a la calle. Las corridas bancarias por el anuncio de Cavallo empezaban a darle forma al argentinazo que tendría lugar entre el 19 y el 20 de diciembre y que eyectaría del Ejecutivo al presidente.
Mientras en el Congreso se cocinaba la transición política y los hinchas de Racing hacían lo propio en Agremiados, Fernando Marín, gerenciador de Blanquiceleste, desfilaba por la calle Viamonte repitiendo hasta el hartazgo que el partido debía jugarse antes de fin de año. Entre idas y vueltas Grondona le dio la razón, ya que entendió que la consagración de un nuevo campeón era una buena manera de devolverle la normalidad a esa Argentina de presidentes descartables que tenía catorce cuasimonedas de circulación provincial. A esa altura el circo ya estaba armado y sólo faltaba confirmar la fecha.
Es necesario hacer memoria para recordar el nombre del presidente con el que amaneció Argentina un 27 de diciembre como hoy, pero diez años atrás. Era Adolfo Rodríguez Saá, el puntano que en escasos siete días de ejercicio le prometió subsidios y viviendas a un país en quiebra y con siderales porcentajes de pobreza. Ese mismo día se definió el torneo en dos partidos: en el Monumental River frente a Rosario Central y en Vélez, el local contra el puntero Racing, que con un empate era campeón. Poco le importó la goleada millonaria a la Academia que sacó un punto en la lluviosa tarde de Liniers y se fue a festejar al Obelisco la concreción de un sueño postergado por treinta y cinco años. En la apocalíptica Argentina del 2001 también se jugó al fútbol y el consagrado, como no podía ser de otra manera en semejante marco, fue aquel Racing de los milagros dirigido por Mostaza Merlo. 

viernes 23 de diciembre de 2011

¡Dos años!


Plantar un árbol, tener un hijo, escribir un libro. A José Martí, por una cuestión generacional, se le olvidó ocupar el cuarto lugar con la obligada apertura de un blog. Dando por hecho que el escritor cubano desde algún lugar me autorizó a ampliar el listado de preceptos que hacen a la realización del hombre, celebro el segundo aniversario de Fobal2000 como la confirmación de ese dudoso proyecto nacido en una madrugada de desvelo.
Desde el primer aniversario a esta parte las visitas se triplicaron, al igual que los comentarios y la cantidad de artículos. Nada de esto hubiese sido posible sin la colaboración de todos aquellos que aportaron con sus respetuosas opiniones y críticas constructivas. Quisiera agradecerles por estos dos años que, espero, se conviertan en muchos más. De más está decirles que todas las sugerencias que puedan postular para el crecimiento del sitio son absolutamente bienvenidas. 
No me quiero despedir sin desearles unas felices fiestas y un buen comienzo de año. Esperemos que entre todos podamos colaborar en la construcción de una sociedad mejor, sea desde el lado que sea. Confío en que cada uno de nosotros tiene mucho para aportar. Les dejo un mensaje de esperanza. Plantar un árbol, tener un hijo, escribir un libro, abrir un blog. Gracias a todos por hacerlo posible.